Por qué hablar menos requiere más trabajo

La paradoja de Woodrow Wilson

Imaginate que eres el presidente de Estados Unidos y tienes que dar un discurso.

Alguien de tu equipo te pregunta:

¿Cuànto tiempo te toma prepararte?

La respuesta del Presidente #28 de Estados Unidos, Woodrow Wilson, es una de las más grandes lecciones en temas de comunicación:

“Depende, si es un discurso de 10 minutos, me toma 2 semanas prepararme.

Si es de media hora, me toma una semana.

Pero si puedo hablar tanto tiempo como quiera, estoy listo ahora”.

El mito de la “extensión” en la oficina

He visto este error incontables veces:

Creemos que una presentación de 1 hora tiene más valor que una de 15 minutos.

No siempre es así.

Hablar por una hora es fácil.

Cualquiera puede llenar diapositivas con textos, imágenes, animaciones, etc.

Incluso un “Buenos días, me llamo … y este día vamos a platicar de …“ añade minutos extra.

Lo difícil no es hablar.

Lo difícil es editar.

La brevedad es una ventaja competitiva

Cuando tienes poco tiempo frente a un tomador de decisiones, cada elemento o suma o resta.

No hay neutro.

Woodrow Wilson nos enseña que la brevedad no es falta de contenido.

Es exceso de claridad.

Para lograr esa claridad necesitas 3 cosas:

  1. Eliminar el ruido. Si un dato no ayuda a tomar una decisión, sobra.

  2. Estructura de hierro. El orden de tus ideas determina el impacto de tu mensaje.

  3. Enfoque en la audiencia. No se trata de lo que tú quieres decir, sino de lo que ellos necesitan decidir.

Tu tiempo y el de tu audiencia valen oro

Si hoy te dieran solo 10 minutos para presentar tu gran proyecto al CEO de la empresa, ¿estarías listo ahora o necesitas un par de semanas como Wilson?

Muchos profesionales pierden oportunidades, no por falta de capacidad sino por falta de síntesis.

No dejes que tu gran idea muera bajo el peso de una presentación demasiado larga.

Si ya tienes el ebook, nos encantaría saber cómo lo has puesto en práctica. Escríbenos a hola@presentaconimpacto.com, tu retro es muy valiosa.

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Por qué el “Buenos días” es enemigo de tu próxima presentación